Estaba cansada. Harta. Podrida.
Quería dormir, adentrarme en ese mundo irreal, ese en donde me escondo cada vez que me aburro de mi realidad. Quería soñar.
Necesito vacaciones. Vacaciones de mí misma. ¿Puede uno hacer eso?, me pregunté, girando nuevamente, escudriñando la oscuridad de mi habitación.
El recuerdo de la noche, de la semana fatídica que había vivido, me golpeó, acelerando mi pulso. La tristeza me llenó el pecho. No voy a llorar, me dije.
Odiaba ser tan frágil. Odiaba que cuando algo o alguien me golpeaba, instintivamente me achicaba, me acurrucaba, envolviéndome en mi propio abrazo. No como otras personas que se ponen en guardia, listos para pelear.
Quiero pelear.
Quiero ser fuerte.
Quiero pasar de este malestar que me agobia y me quita vida lentamente.
Quiero ser feliz.
Quiero disfrutar, mierda.
Pero no puedo ahora... El pecho se me oprime con cada bocanada de aire que doy...
Deseaba dormirme de una vez; tal vez, cuando me levantara, tendría las fuerzas renovadas para seguir adelante. Quién sabe.
Al rato, me dormí. Pero me levanté igual que el día anterior... Incluso peor.
Cuando estoy en este estado, todo me irrita, todo me entristece, me enoja y molesta.
Pero creo que lo que más me molesta es que me afecte tanto.
¿Por qué me afectas tanto?
¿Por qué lo permito?
No tengo que, no debo.
No debemos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Qué opinás?